martes, 18 de marzo de 2008

A los difuminadores de la celulosa

Entre caja y caja,
Nuestros poros eran exhortados,
Tranquilamente, llamados
A usurpar uno que otro pensamiento de polvo,
De ceniza enjutada en pómulo de pómulo ajado,
En canales telúricos de ásperas corredizas,
En el pedernal matutino al sol de la mañana:
A la quema carne, rostro,
CARA.

Porque éramos ratas y en el urocromo comíamos;
Porque fuimos esclavos del sudor acicalando los cabellos,
A cuatro manos, a seis, a veinte días a días,
Y tan solo a dos porciones,
Sonrisa,
Histeria travestida de felicidad.
Porque fuimos seudo mastines de sicarios,
Porque fuimos niños de hombres y,
Porqué nunca jovenzuelos.

Día y noche
Vuelca nuestra carga diaria
A hombros plañideros de seis hombros,
Seis bocas,
Seis belfos sedientos de sonidos guturales de angustia,
Buscando en alaridos esa nada estomacal,
Esa que se llena a fuerza de sudor cada día.

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